Autora: Natalia Cabezas
El envejecimiento poblacional a nivel mundial implica que cada vez más personas adultas mayores (PAM) se vuelvan dependientes de cuidados debido a las necesidades derivadas del envejecimiento. Esta relación de dependencia las vuelve vulnerables a sufrir abusos y violencia, fenómenos que son invisibilizados, a pesar de su incremento a razón de este cambio demográfico (Agudelo Cifuentes et al., 2020). La Organización Mundial de la Salud (OMS) define al maltrato a personas adultas mayores como: “la acción única o repetida, o la falta de la respuesta apropiada, que ocurre dentro de cualquier relación donde exista una expectativa de confianza y la cual produzca daño o angustia a una persona anciana” (Organización Mundial de la Salud et al., 2002, p. 3).
El maltrato puede ser de distintos tipos: “físico, psicológico, emocional, económico, sexual, por negligencia y el abandono” (Organización Mundial de la Salud et al., 2002, p. 3). Pabón y Delgado (2017) recogen también formas comunes de maltrato como la infantilización, la despersonalización, la deshumanización y el maltrato estructural o institucional. En el ámbito doméstico, además de formas comunes de abuso como las agresiones verbales y físicas, se dan otras particulares como: la explotación de la capacidad de trabajo, la hostilidad familiar ante su presencia, el desarraigo (institucionalización), la explotación económica de los afectos (usar la necesidad afectiva de la PAM para apropiarse de bienes) y el abandono (Pabón & Delgado, 2017).
Si bien se estima que el maltrato es más frecuente en el ámbito doméstico, hay más énfasis en el estudio y combate del maltrato en centros de cuidado, donde se generan dinámicas de violencia propias, que incluyen: agresión verbal, restricciones excesivas, sobre o submedicación, explotación financiera y victimización (amenazas, intimidación, chantaje, robo, castigos corporales, entre otros) (Montero et al., 2017 y Agudelo et al., 2020). Además, el maltrato a las PAM se extiende también al ámbito institucional, donde presentan “dificultades de acceso a los dispositivos sanitarios específicos, [e] incredulidad de algunos profesionales de la salud frente a los síntomas reportados” (Pabón & Delgado, 2017, p. 259)
Los efectos que producen estos abusos en las PAM son el desarrollo de “actitudes y sentimientos de culpa, baja autoestima, aislamiento social, mayor tendencia a la depresión, trastornos del sueño, reforzamiento de dependencias y aumento de estigma social” (Montero et al., 2017, p. 5). Aguedo et al. (2020) plantean que estos abusos se corresponden a una “imagen negativa y estereotipada de la vejez” (p. 8), no obstante este argumento (además de que puede ser matizable de acuerdo al territorio e imaginario sociocultural respecto a la ancianidad) no considera la cuestión de género en torno al maltrato, que se puede identificar (en principio) en cuatro aspectos: la feminización de las PAM maltratadas, la feminización de los cuidadores y la aparente masculinización de estos abusos, las repercusiones diferenciadas de los mismos sobre PAM masculinizadas, y las explicaciones médicas que descuidan el componente social e individualizan el problema del maltrato responsabilizando casi por completo a las cuidadoras que lo ejercen.
Según la revisión de Pabón y Delgado (2017), en Latinoamérica “el maltrato es más frecuente en las mujeres adultas mayores que en los hombres de la misma edad” (p.160); si bien Agudelo et al (2020), repara en que esto se puede deber “a que la mujer informa más este tipo de situaciones, mientras que en los hombres suelen permanecer ocultas” (p. 4), Giraldo (2010), por su parte, sostiene que esto surge porque en una familia patriarcal, las mujeres se ven como propiedad de los hombres, quienes tienen poder y mando sobre ellas, lo que explica que cuando el maltrato se da en el adulto mayor varón, provenga de personas con quien no tiene parentesco; en consonancia, la autora encuentra que la mayoría de los responsables del maltrato son hombres (hijos, parejas, nietos), a pesar de que la mayoría de las cuidadoras sean mujeres.
Por otro lado, los estudios psicológicos dan cuenta de un síndrome que explica el maltrato hacia PAM, este es el Síndrome de la carga del cuidador, que según Zambrano y Ceballos (2007) afecta principalmente a mujeres y tiene como síntomas:
Trastornos en el patrón de sueño, irritabilidad, altos niveles de ansiedad, reacción exagerada a las críticas, dificultad en las relaciones interpersonales, sentimientos de desesperanza (…), resentimiento hacia la persona que cuida, pensamientos de suicidio o de abandono, frecuentes dolores de cabeza o de espalda, pérdida de energía, sensación de cansancio, aislamiento, pérdida del interés, dificultades para concentrarse y alteraciones de memoria (33–34).
Si bien los mismos autores reconocen que las características de género relacionadas con el trabajo “predisponen especialmente al género femenino” (Zambrano & Ceballos, 2007, pp. 29–30) a este síndrome, plantean que el tratamiento para el mismo consiste en: terapia, entrenamiento de habilidades sociales, apoyo social, actividades recreativas, resolución cognitiva de problemas, habilidades cognitivas, habilidades prácticas de cuidado, relajación, entre otras. Considerando que las mujeres son quienes realizan “más de tres cuartas partes de todo el trabajo de cuidados no remunerado, y dos tercios de los trabajadores del cuidado remunerado” (OIT, 2019, p. V) y que con la Crisis de Cuidados ven incrementada esta carga, especialmente hacia adultos mayores, una respuesta únicamente psicológica a problemas sociales de tal magnitud resulta cuanto menos incompleta. En palabras de Giraldo (2010):
El ejercicio del maltrato no es un problema de estrés o patológico del responsable o de la familia; por ejemplo, no se debe partir de la idea errónea de que el responsable es una persona enferma con trastorno mental o psiquiátrico, sin que ello signifique que no existan algunas patologías que presentan cierto riesgo de aparición de conductas agresivas. (p. 159)
Esta individualización del problema en las ciencias médicas (y estudios estadísticos) se hace evidente en un uso de lenguaje que considera al sexo (femenino) en sí mismo, un factor que “predispone” a las PAM a ser maltratadas: “Estudios realizados sobre la demografía en abuso en el adulto mayor describen que existen factores que sugieren predisposición al maltrato en este grupo etario. Por ejemplo, fragilidad, sexo femenino” (Montero et al., 2017, p. 5)
Por último, Ortiz y Arrollo (2017), explican la existencia de repercusiones diferenciadas de maltrato sobre PAM masculinizadas. Esto se debe a que gran parte de la identidad masculina se construye entorno a cumplir expectativas patriarcales de: poder, fuerza dominación, independencia, provisión económica, entre otras; de manera que, cuando los hombres llegan a cierta edad, no pueden cumplir estas expectativas y además son abusados, sufren frustración, tristeza, enojo, desesperanza, angustia, vergüenza, impotencia, que traen deterioro en la comunicación y ponen en riesgo su salud mental e integración social.
Entendiendo que el maltrato hacia las PAM no se puede explicar sin considerar el patriarcado -que configura todas las esferas de la sociedad, desde la división sexual (y jerárquica) del trabajo, hasta las relaciones interpersonales y nociones de autopercepción- es pertinente plantear la necesidad de una socialización integral del cuidado, que involucre de base la toma de conciencia por parte de la sociedad civil, para lo cual, los individuos requieren de tiempo de reflexión y recursos discursivos, que permitan hacer accesibles a la comprensión las estructuras que movilizan nuestras acciones (Segato, 2010). Y ello se puede alcanzar con medidas que (de partida) redistribuyan el trabajo de cuidado y así la carga física y mental de las cuidadoras.
Bibliografía
Agudelo, M., Cardona, D., Segura, A., & Restrepo-Ochoa, D. (2020). Maltrato al adulto mayor, un problema silencioso. Revista Facultad Nacional de Salud Pública, 38(2), 1–11. https://doi.org/10.17533/udea.rfnsp.e331289
Giraldo, L. (2010). El maltrato a personas adultas mayores: una mirada desde la perspectiva de género. Debate Feminista, 42. https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.2010.42.825
Montero, G., Vega, J., & Hernández, G. (2017). Abuso y Maltrato en el Adulto Mayor. Medicina Legal de Costa Rica, 34(1).
OIT. (2019). El trabajo de cuidados y los trabajadores del cuidado para un futuro con trabajo decente.
Organización Mundial de la Salud, Universidad de Toronto y Universidad Ryerson, & Red Internacional de Prevención del Abuso y Maltrato en la Vejez. (2002). Declaración de Toronto para la Prevención Global del Maltrato de las Personas Mayores.
Ortiz Verenice, & Arroyo, M. (2017). HOMBRES MAYORES MALTRATADOS. SUBJETIVIDADES Y RETROALIMENTACIÓN FAMILIAR DE LA VIOLENCIA. Revista de Ciencias Sociales de La Universidad Iberoamericana, 12(24), 100–124.
Pabón, D., & Delgado, J. (2017). Maltrato en la población adulta mayor: una revisión. Espacio Abierto, 26(2).
Segato, R. (2010). La estructura de género y el mandato de violación. In Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos.
Zambrano, R., & Ceballos, P. (2007). Síndrome de carga del cuidador. Revista Colombiana Psiquiátrica, 26(1), 26–39.

Natalia Cabezas
Estudiante de sociología de la Universidad Central del Ecuador. Asistente de proyectos e investigación de Fundación Investoria.